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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Thousands of people around the world have
regained the joy and charm of life.

Prayer and Life Workshops

Father Ignacio Larrañaga

Testimonio TOV Laura González

Un domingo del otoño pasado, mi madre y yo estábamos en Misa cuando, justo antes de recibir la bendición final por el sacerdote, una mujer, María Teresa, se acercó al púlpito para anunciar que próximamente impartiría en la parroquia un Taller de Oración y Vida del Padre Ignacio Larrañaga. Mientras explicaba brevemente en qué consistía, mi madre y yo nos mirábamos, intrigadas. No sabíamos nada al respecto, pero nos llamó la atención, así que decidimos informarnos. Hoy puedo decir que apuntarnos fue un acierto providencial, puesto que la experiencia como talleristas ha sido profundamente enriquecedora. Desde hace unos años me viene acompañando como un lema una frase de San Agustín: «In interiore homine habitat veritas». En el Taller de Oración y Vida la he puesto en práctica, porque ha sido un camino hacia dentro y, en la hondura, Dios se ha hecho cercano. Así, a medida que avanzaban las sesiones, fui consolidando el hábito de la oración. Las distintas modalidades que nos fue enseñando nuestra guía eran puertas que desconocía. La oración dejó de ser algo que con frecuencia se limitaba a una simple repetición de palabras, algo a veces mecánico y vacío, para convertirse en un encuentro diario y auténtico con el Señor. Además, el Taller me ha ayudado a redescubrir la Sagrada Biblia como un elemento central en la vida de todo cristiano. Antes había abierto sus páginas innumerables veces, pero nunca me había detenido en ellas con la profundidad, la atención y la conciencia con las que aprendí a hacerlo durante el Taller. En ese proceso, la aportación del Padre Ignacio Larrañaga ha sido especialmente valiosa: sus palabras iluminaron aspectos de la fe en los que no había reparado, así como situaciones concretas de mi vida que necesitaban ser comprendidas desde otra perspectiva. Uno de los momentos más conmovedores fue el llamado “holocausto”, una vivencia intensa que fortaleció el vínculo entre los talleristas. Pero si hubo una experiencia singularmente transformadora, esa fue, sin duda, el desierto. Colofón del Taller, no exagero al afirmar que fue uno de los encuentros con el Señor más plenos que he tenido. Allí, en la quietud del templo, ante el Sagrario, el tiempo dejó de medirse, y todo lo que llevaba dentro (preguntas, gratitud, heridas, nostalgia, preocupaciones) encontró un lugar donde reposar y ser comprendido. El Taller ha terminado, pero el camino continúa, porque todo lo bueno que se recibe pide ser dado. En mí ha reavivado el impulso de anunciar el Evangelio a todos los que me rodean, en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo aparentemente insignificante. Me ha dado fuerza, en definitiva, para vivir una fe madura. Y todo se resume en este anhelo: «Señor, que cuando me vean, te vean a Ti». Doy gracias a Dios por salir al encuentro, como hace siempre. También agradezco a cada uno de los compañeros talleristas por lo compartido: en ellos, a través de sus testimonios y sus luchas, he reconocido la presencia del Señor de formas sorprendentes. Y, de manera muy especial, doy gracias a María Teresa, una mujer admirable cuya labor como guía ha sido verdaderamente excepcional, por su entrega y cariño durante todo este proceso.

Laura González