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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Miles de personas en el mundo han recuperado
la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Cuanto más se ora, Dios es «más» Dios en nosotros

Dios no cambia. El es el definitivamente pleno y, por consiguiente, Inmutable. Está, pues, inalterablemente presente en nosotros, y no admite diferentes grados de presencia. Lo que realmente cambian son nuestras relaciones con él según el grado de fe y amor. La oración hace más densas esas relaciones, se produce una penetración más entrañable del yo-tú a través de la experiencia afectiva y el conocimiento gozoso, y la semejanza y la unión con él llegan a ser cada día más profundas.

Ocurre lo que con una antorcha dentro de una oscura habitación. Cuanto más alumbra la antorcha, mejor se ve la «cara» de la habitación, la habitación se hace «presente», aunque la habitación no cambie.

Cualquiera de nosotros puede experimentar que cuanto más profunda es la oración, siente a Dios más próximo, presente, patente y vivo. Y cuanto más resplandece la gloria del rostro del Señor sobre nosotros (Sal 30), los acontecimientos quedan envueltos en un nuevo significado (Sal 35) y la historia queda «poblada» por Dios; en una palabra, el Señor se hace vivamente presente en todo. No hay juego de azar, sino un timonel ‘que conduce los hechos con mano segura.

Cuando se ha «estado» con Dios, él va siendo cada vez más «Alguien» por quien y con quien se superan las dificultades, se vencen las repugnancias —y éstas se truecan en dulcedumbres—; se asumen con alegría los sacrificios, nace por doquier el amor. Cuanto más «se vive» a Dios, más ganas hay de estar con él, y cuanto más se «está» con Dios, Dios es cada vez más «Alguien». Se abrió el círculo de la vida.

Y en la medida en que el hombre contemplador avanza en los misterios de Dios, Dios deja de ser idea para convertirse en Transparencia y comienza a ser Libertad, Humildad, Gozo, Amor, y progresivamente se va transformando en una fuerza irresistible y revolucionaria que saca todas las cosas de su sitio: donde había violencia, pone suavidad; donde había egoísmo, pone amor y cambia por entero «la faz» del hombre.

Si el contemplativo sigue avanzando por las oscuras rutas del misterio de Dios, fuerzas desconocidas desatadas por el Amor empujan al alma por la cuesta adentro del Dios vivo, por una pendiente totalizadora según y dentro de la cual Dios va siendo cada vez más el Todo, el Único y el Absoluto, como en un torbellino en el que el hombre entero es tomado y arrastrado, mientras se purifica y las escorias egoístas se queman con el fuego… Dios acaba por transformar al hombre contemplador en una antorcha que arde, incendia y resplandece (Jn 5,35). Pensemos en Elías, Juan el Bautista, Francisco de Asís, Charles de Foucauld…

Tomado del libro “Muéstrame tu Rostro” Capitulo I , Apartado “Cuanto más se ora, Dios es «más» Dios en nosotros” de padre Ignacio Larrañaga.