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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Miles de personas en el mundo han recuperado
la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Jornada mundial para el cuidado de la creación

Llegaron por fin al pie de la montaña. Antes de emprender la escalada, descansaron unas horas bajo una frondosa encina. Lo que allí sucedió no entra en las explicaciones humanas. En cosa de minutos hicieron su aparición decenas y centenas de mirlos, alondras, petirrojos, ruiseñores, gorriones, zorzales, pinzones y hasta perdices. Abrumado y agradecido, el Hermano repetía:

—¡Gracias, Señor, gracias!

Fue una fiesta nunca vista. Las aves silbaban, chirriaban, cantaban, revoloteaban en torno de Francisco en una desordenada algarabía. Unas hacían piruetas audaces y zambullidas acrobáticas, mientras otras se posaban ora encima de la cabeza, ora sobre los hombros, los brazos o las rodillas de Francisco. Fue un festival de canto y danza.

—Hermano León, ¡qué maravilla, qué prodigio! ¡Qué grande es Dios! exclamó

Francisco, completamente abrumado por el espectáculo. Y añadió—: Sólo faltan las golondrinas para que reviente una primavera sobre la cumbre del Alvernia.

Subieron por la escarpada pendiente. Francisco abría desmesuradamente los ojos. Se diría que contemplaba aquella ladera por primera vez. Y le parecía estar al principio del mundo: todo le resultaba nuevo. Enraizados firmemente en el suelo roqueño, altísimos abetos escalaban el cielo. Parecían tocar el firmamento y eran de tal diámetro, que cuatro hombres juntos no alcanzaban a abrazarlos.

Francisco suplicó al arriero que detuviera el jumento. Colocado al pie de uno de los abetos, echada la cabeza hacia atrás, poniendo la mano sobre los ojos para que la luz solar no lo lastimara, el Hermano lo contemplaba de abajo arriba. Después de admirarlo largo rato, exclamó:

—¡Señor, Señor, ¡qué grande eres!

En la medida en que ascendían, el espacio se dilataba a la vista. Corpulentas hayas, poderosas encinas y altísimos pinos de raro espécimen proyectaban una sombra profunda y fresca. Francisco se sintió en el paraíso.

—Hermano León —exclamó—, ¡qué paz!, ¡qué libertad!, ¡qué felicidad! Somos los hombres más dichosos de la tierra.

Al llegar a la planicie, Francisco sintió necesidad de estar solo, y manifestó a los hermanos este deseo. Se internó en el bosque. Caminó en diferentes direcciones. Después descendió unos quinientos pies, más allá de las rocas. Se colocó frente a ellas, de espaldas al sol, al caer de la tarde. ¡Qué espectáculo! Es difícil encontrar una evocación más plástica de la potencia y eternidad de Dios.

Eran unas rocas salvajes que hundían sus raíces en la montaña y elevaban sus cabezas sobre el fondo del firmamento. Al ser embestidas por la luz dorada del sol poniente, asemejaban un incendio de remotísimas épocas telúricas. Todo era fuego y delirio sobre la montaña.

—¿Qué rayos cayeron sobre estas rocas —se preguntó Francisco—, para trazar semejantes hendiduras? ¿Qué terremoto cuarteó estos cíclopes? Esto debió suceder cuando la tierra protestó por la muerte de Jesús —pensó.

Francisco estaba anonadado repitiendo en voz alta:

—¡Señor, Señor!

Con el peso infinito de su dulcedumbre cayó Dios sobre el alma de Francisco. Esta consolación sacó a Francisco de sí mismo, elevó sus potencialidades a altísimo voltaje, se arrodilló ante las titánicas rocas, extendió los brazos y, levantando mucho la voz, habló así:

—Altísimo Señor, aunque indigno de nombrarte, a Ti dirijo este canto.

¡Señor, Señor, gravitación eterna de los horizontes sin fin!

Eres hermoso como este paisaje, invencible como estas rocas, eterno como esta montaña, profundo como ese azul.

Tú has puesto en pie estas piedras como terribles centinelas para vigilar la marcha de los siglos.

En el incendio de estos picachos mi alma te siente y te quiere.

Todo está lleno de tu presencia. Tú brillarás para siempre sobre las rocas de mi alma.

Bendito seas por la potencia eterna de este macizo.

Bendito seas por sus hendiduras desgarradas.

Bendito seas por las nieves eternas.

Bendito seas por el silencio augusto de las noches estrelladas.

Tomado del libro “El hermano de Asís” Capítulo VI Subtitulo “Almería a la vista” de padre Ignacio Larrañaga.