El secreto de la perfecta alegría.
Las escalonadas cumbres de los Andes semejaban testas coronadas de nieve. ¡Un espectáculo!
Sin concederme tiempo de descanso ni supeditarme a un proceso de adaptación, a los pocos días de mi arribo a Chile estaba ya lanzado de cabeza en la corriente de la vida apostólica.
Las misiones populares eran muy peculiares: se realizaban en las haciendas o fundos. Naturalmente, eran los patronos de las haciendas los que invitaban a los padres misioneros, y eran también ellos quienes convocaban a los campesinos y sus familias que faenaban en sus campos a asistir a los actos misionales.
Al ver aquella congregación de asalariados, las olas de la emoción me subían a la garganta. En esos momentos evocaba la silueta de Jesús dirigiéndose a aquellos auditorios de pescadores y campesinos declarándolos favoritos del Padre y privilegiados del Reino. Instalándome también yo en el corazón del Maestro, y hablándoles desde esa plataforma, les reiteraba de mil formas y maneras que los desvelos más esmerados del Padre eran para ellos; que de noche el Padre queda velando su sueño y de día los acompaña a donde quiera que vayan; que el Padre no es un Dios vestido de relámpagos, sino un vasto mar de ternura.
Consciente y obstinadamente me alejaba de los temas de terror de las misiones populares, con gran extrañeza de mi compañero misionero. Siempre entrelazaba las bienaventuranzas con la ternura del Padre, y no me cansaba de proclamar y repetirles que Dios mismo sería su fiesta; que nadie podría arrebatarles la suprema riqueza del corazón, que es la paz; que el Padre los tomará sobre sus rodillas, y una por una secará todas sus lágrimas; que el Padre les espera en su casa con una mesa preparada y adornada con flores, y que aquel día los reconocerá, les dará la mano, las hará sentar a la mesa y comenzará la fiesta, una fiesta que no tendrá fin, y que por fin van a saber dónde está el secreto de la perfecta alegría.
Y así seguía hablándoles interminablemente del Amor eterno, y no me cansaba de sembrar sueños y estrellas en el alma de todos aquellos pobres campesinos que, semana tras semana, asistían a los actos de misión, frecuentemente con lágrimas en los ojos.
Tomado del libro “La Rosa y el fuego” inicio de Capitulo III de padre Ignacio Larrañaga.








