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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Miles de personas en el mundo han recuperado
la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

Decimotercero Aniversario de su Pascua. Padre Ignacio Larrañaga

El  secreto de la perfecta alegría.

Las escalonadas cumbres de los Andes semejaban testas coronadas de nieve. ¡Un espectáculo!

Sin concederme tiempo de descanso ni supeditarme a un proceso de adaptación, a los pocos días de mi arribo a Chile estaba ya lanzado de cabeza en la corriente de la vida apostólica.

Las misiones populares eran muy peculiares: se realizaban en las haciendas o fundos. Naturalmente, eran los patronos de las haciendas los que invitaban a los padres misioneros, y eran también ellos quienes convocaban a los campesinos y sus familias que faenaban en sus campos a asistir a los actos misionales.

Al ver aquella congregación de asalariados, las olas de la emoción me subían a la garganta. En esos momentos evocaba la silueta de Jesús dirigiéndose a aquellos auditorios de pescadores y campesinos declarándolos favoritos del Padre y privilegiados del Reino. Instalándome también yo en el corazón del Maestro, y hablándoles desde esa plataforma, les reiteraba de mil formas y maneras que los desvelos más esmerados del Padre eran para ellos; que de noche el Padre queda velando su sueño y de día los acompaña a donde quiera que vayan; que el Padre no es un Dios vestido de relámpagos, sino un vasto mar de ternura.

Consciente y obstinadamente me alejaba de los temas de terror de las misiones populares, con gran extrañeza de mi compañero misionero. Siempre entrelazaba las bienaventuranzas con la ternura del Padre, y no me cansaba de proclamar y repetirles que Dios mismo sería su fiesta; que nadie podría arrebatarles la suprema riqueza del corazón, que es la paz; que el Padre los tomará sobre sus rodillas, y una por una secará todas sus lágrimas; que el Padre les espera en su casa con una mesa preparada y adornada con flores, y que aquel día los reconocerá, les dará la mano, las hará sentar a la mesa y comenzará la fiesta, una fiesta que no tendrá fin, y que por fin van a saber dónde está el secreto de la perfecta alegría.

Y así seguía hablándoles interminablemente del Amor eterno, y no me cansaba de sembrar sueños y estrellas en el alma de todos aquellos pobres campesinos que, semana tras semana, asistían a los actos de misión, frecuentemente con lágrimas en los ojos.

Tomado del libro “La Rosa y el fuego” inicio de Capitulo III de padre Ignacio Larrañaga.