Desde el versículo 10 comienza a desaparecer el concepto de la palabra pecado y en su sustitución, aparece y resplandece la alegría.
Y no podía ser de otra manera. Los complejos de culpa pueblan de tristeza el alma , una tristeza salada y amarga Pero al despuntar la Misericordia sobre el alma, al enterarse el hombre de que , a pesar de sus excesos y demasías, no obstante está cercado por los brazos de la predilección, y de la ternura, una ternura enteramente gratuita, inunda de perfume su casa, eran previsibles las consecuencias : la tristeza desaparece igual que desaparece las aves nocturnas al clarear , y todo , los muros y los recintos interiores , se visten de un aire primaveral, perfumado de gozo y alegría.
Dios mío, mi alma se muere de nostalgia por aquella alegría que huyó de mi casa; te ruego que me la devuelvas, Señor, para que yo pueda entonar el himno de la salvación. (v.14).
En los versículos 15 -17 el salmista sube a la azotea más alta para gritar a los cuatro vientos la noticia de su salvación y las maravillas del Señor. No podía ser de otra manera: allí donde hubo un acontecimiento, aquel que experimentó algo, no podrá callar: hablará con la boca, con los gestos, con un no sé qué, pero los alejados de los brazos de Dios serán informados y retornarán al hogar del Padre (v.15)
El salmista se transforma, pues, en un testigo, y su boca en una trompeta para soltar a los cuatro vientos los prodigios del amor (v.16). Tu amor, Señor, romperá mis cadenas y cerrojos, me abrirás los labios, y mi boca se transformará en un clarín de plata que resonará por encima de las colinas para informar al mundo sobre quién es el Gran Libertador (v.17)
Esta gesta de salvación, este magnífico drama del salmo 51 acaba, como era de esperar en un desenlace de gloria.
Cuando los espacios interiores estaban habitados por la tristeza- vergüenza, todas las tareas divinas como la plegaria, los ritos y las ofrendas, todo aparecía a nuestros ojos cubiertos de sombra. Pero ahora que hemos sido visitados por la Misericordia y nuestras moradas se han inundado de luz, desde este momento una nueva primavera resplandece por doquier, y el mundo entero se cubre de un manto de gloria.
Ahora todo tiene sentido. La Eucaristía es un banquete; el rezo del oficio divino, un festín; la vida consagrada, una fiesta de libertad; las dificultades se asumen con facilidad; la existencia misma es un privilegio; la vida, un himno de alegría; todo se ve diferente porque todo aparece revestido del manto de Misericordia.
El largo y lúgubre lamento por el pecado se ha trocado en una danza de júbilo por obra y gracia del amor nunca desmentido de nuestro Dios Padre.
Tomado del libro “Salmos para la vida” Capitulo 7 “Las misericordias del Señor” de padre Ignacio Larrañaga.








