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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

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la alegría y el encanto de la vida.

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Padre Ignacio Larrañaga

Fortaleza en el silencio

En los tiempos modernos tenemos un alto exponente de esta fe de abandono: santa Teresa del Niño Jesús. De ella son estas palabras de grandeza patética y casi sobrehumana:

«La aridez más absoluta y casi el abandono fueron mi patrimonio. Jesús, como siempre, continuaba dormido en mi navecilla»

Constituye un infinito consuelo para cualquiera de nosotros el pensar que un alma de tan alta calidad haya vivido con semejante paz y sonrisa el abandono de la fe, bajo la bóveda del espeso silencio de Dios.

Ese testimonio adquiere una nueva grandeza cuando lo completa con estas otras palabras:

«Puede ser que [Jesús dormido] no despierte hasta mi gran retiro de la eternidad. Pero esto, en lugar de entristecerme, me causa un grandísimo consuelo.»

Esta frágil mujer es de la estirpe de Abraham. Como veremos más tarde, algunas almas pasan por el mundo entre los consuelos de Dios. Pero para muchas otras Dios es tortura. Sólo el abandono —la fe absoluta— transforma la tortura en dulzura. A esta clase de almas pertenece santa Teresita.

Sus declaraciones, unos días antes de morir, nos dejan mudos, y la encumbran por encima de muchos hombres de Dios que en la Biblia pedían un «signo» para tener la seguridad de que Dios es Dios. Nuestra santa rehusa esa «gracia».

«No deseo ver a Dios en esta tierra… Prefiero vivir de fe» (Ultimas conversaciones).

Con palabras sencillas, en una bella comparación nos desentrañará el misterio de la fe:

«Yo me considero como un pajarillo débil recubierto solo de un ligero plumón. No soy águila; sólo tengo de ella los ojos y el corazón, pero, a pesar de mi extremada pequeñez, me atrevo a mirar fijamente al sol divino, al sol del amor, y mi corazón siente en sí todas las aspiraciones del águila.

El pajarillo quisiera volar hacia ese brillante sol que fascina sus ojos… ¿Qué será de él? ¿Morirá de pena viéndose tan impotente? ¡Oh, no! El pajarillo ni siquiera llega a afligirse. Con un abandono audaz quiere seguir mirando fijamente a su divino sol. Nada sería capaz de asustarle, ni el viento ni la lluvia. Y si oscuras nubes vienen a ocultarle el Astro de Amor, el pajarillo no cambia de sitio; sabe que más allá de las nubes su Sol sigue brillando, que su esplendor no podría eclipsarse ni un solo momento» (4).

He aquí el misterio final de la fe. Hemos sido estructurados para un Objetivo infinito. Pero la estructura ha sido deteriorada por un desastre que dificulta el objetivo original. Somos apenas un gorrión, pero llevamos corazón de águila. Este es el terrible y contradictorio misterio del hombre: sentirse al mismo tiempo gorrión y águila; tener un corazón de águila y alas de gorrión.

¿Qué hacer? Sé que no puedo volar alto. Tampoco lo intentaré. Ni siquiera agitaré las alas sino que me abandonaré en las alas del viento: el viento es Dios. Lo demás lo hará El. Sé que no soy un gorrión, pero sé también que si, con una gran paz, me abandono en Dios, El puede prestarme unas poderosas alas de águila. ¿Hay algo imposible para El? Sé que soy un montón de ruinas y desolación; pero sé también que, si me abandono en Dios, El puede transformarme en una mansión deslumbradora. El es Poder y Gracia.

Si Dios se envuelve en un manto de silencio o se oculta detrás de las nubes, «con un abandono audaz» lo seguiré mirando, aunque nada vea ni nada sienta. Aunque me asalten millares de voces que me hablen de ilusión, yo sé que detrás del silencio está él, seguiré mirándolo obstinadamente y con paz. Y aunque en mi nave Dios se quede «dormido» durante toda mi vida, no importa. Yo sé que «despertará» en el Gran Día de la Eternidad.

Tomado del libro “Muéstrame tu Rostro” Capitulo II, Apartado “Fortaleza en el silencio” de padre Ignacio Larrañaga.