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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

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la alegría y el encanto de la vida.

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Padre Ignacio Larrañaga

María, un amor a Dios a toda prueba

La oración es la respiración de la esperanza. Quien deja de orar, deja de esperar. En el vivir día tras día, en busca del Señor, lo que más desconcierta a los caminantes en la fe, es el silencio de Dios. María fue una peregrina, caminante. Recorrió los caminos de la vida con las típicas características de toda peregrinación: oscuridad, confusión, perplejidad, miedo, fatiga, sorpresas, y sobre todo interrogantes.

María no vivió una vida fácil. No sabía desde pequeñita por revelaciones infusas todo cuanto nosotros sabemos acerca de la Historia de la Salvación. Ella fue eligiendo en cada una de las situaciones que le tocó vivir, extender un cheque en blanco a su Dios, a Aquél “que es capaz de resucitar muertos”: en la Anunciación, en el nacimiento en Belén, en la Huída a Egipto, y en el Calvario ante la muerte de su hijo en la cruz, una de las pruebas más agudas para la fe de María.

Pero probablemente la prueba más peligrosa para su fe estuvo en esos 30 años del silencio de Dios en Nazareth. Los días, los meses, los años habían ido pasando, y no había manifestación alguna de la divinidad de Jesús. Ya quedaba tan lejano lo que le había dicho el Ángel en la Anunciación: “será grande; se llamará Hijo del Altísimo; su reino no tendrá fin”. Las palabras antiguas eran resplandecientes, la realidad que tenía ante sus ojos, era cosa muy distinta: ahí estaba el muchacho trabajando en un rincón oscuro de la rústica vivienda. Ahí estaba silencioso, solitario, reservado. ¿Será grande? ¡No era grande, no! Era igual que todos los demás. Y ella, ¿no se le dijo que todas las generaciones la llamarían bienaventurada? ¡Imposible! Está aproximándose al ocaso de su vida.

Su amor a toda prueba y su fe de que “Para Dios no hay nada imposible” le hizo en esos largos años cultivar una fe adulta: aquella que confía, y no pide evidencias o garantías para entregarse. Es aquella que “sabe”, que detrás del silencio respira Dios y que detrás de las montañas viene llegando la aurora.

Su secreto para no sucumbir, para sostener su esperanza, fue éste: no resistir, sino entregarse. Al no entender, no reaccionaba angustiada, impaciente, irritada, ansiosa o asustada. Ella no podía cambiar nada: ni la misteriosa tardanza de la manifestación de Jesús, ni la rutina, ni el silencio desconcertante de Dios.

Entonces, ¿por qué resistir? Y fue escogiendo, día a día, abandonarse en silencio y paz en las manos todo cariñosas de Dios. Meditando las palabras recibidas; reconociendo que si la realidad era así, era porque el Padre lo permitía y “sus caminos no son nuestros caminos” como recordaba el profeta Isaías.

Por eso la Madre puede presentarse ante nosotros diciéndonos: “Yo recorrí esos caminos en noches oscuras y noches sin estrellas; hagan también ustedes lo que yo hice. Abandónense en silencio al silencio de Dios, y habrán derrotado el miedo, la oscuridad y la noche”.

Basado en el libro del Padre Ignacio Larrañaga: “El Silencio de María”