Al desaparecer la fraternidad itinerante de Jesús, con la dispersión de los Apóstoles en el mundo, surge en Jerusalén una copia de aquella familia apostólica. Y Los Hechos nos presentan la comunidad de Jerusalén como el ideal de la existencia cristiana.
Vivían unidos. Tenían todo común. Se los veía alegres. Nunca hablaban con adjetivos posesivos: «mío», «tuyo». Acudían diariamente y con fervor al templo. Gozaban de la simpatía de todos. En una palabra, tenían un solo corazón y una sola alma. Y todo esto causaba una enorme impresión en el pueblo.
La fraternidad evangélica tiene en sí misma su razón de ser: la de ser un ambiente en el cuál los hermanos tratan de establecer verdaderas relaciones interpersonales y fraternas.
Fraternidad no significa tan sólo que vivamos juntos, unos y otros, ayudándonos y completándonos en una tarea común, como en un equipo pastoral, sino que sobre todo tenemos la mirada fija los unos en los otros para amarnos mutuamente. Y más que eso, quiere indicar que vivimos unos-con-los-otros, así como el Señor nos dió el ejemplo y el precepto.
Este amor, vivido por los hermanos en medio del mundo, constituirá el toque de atención y argumento palpable de que Jesús es el Enviado del Padre y de que está vivo entre nosotros. Cuando las gentes observen a un grupo de hermanos vivir unidos, en una feliz armonía, acabarán pensando que Cristo tiene que estar vivo. De otra manera no se podría explicar tanta belleza fraterna. Así, la fraternidad se torna sacramento, señal indiscutible y profética de la potencia libertadora de Dios.
El pueblo posee una gran sensibilidad. Percibe con certeza cuándo entre los hermanos reina la envidia, cuándo la indiferencia y cuándo la armonía.
La gente sabe por propia experiencia cuánto cuesta amar a los difíciles, cuánta generosidad presupone el amor oblativo. Una comunidad unida se transforma rápidamente para el Pueblo de Dios en un signo de admiración, y también en un signo de interrogación que lo cuestiona –a ese Pueblo– y lo obliga a preguntarse por la acción redentora de Jesús cuyos frutos quedan a la vista.
Tomado de libro “Sube conmigo” Capitulo II, apartado “Signo y meta” de Padre Ignacio Larrañaga.








