¡Está bien!
El Padre, auriga que gobierna y mueve con hilos invisibles las leyes y fuerzas de la creación, permitió que las centellas de infundios y falacias cayeran sobre mí. No fue castigo, sino predilección. En el enorme planisferio de su mente que abarca el hoy, el ayer y el mañana, el Padre tenía diseñada para mí una pedagogía que me conduciría, por una senda de espinos y piedras, al reino de la sabiduría y la libertad. Él no puede permitir un daño irreparable para su hijo.
En suma, entregarse implica poner en Sus Manos un cheque en blanco, un voto de confianza, y proclamar a los cuatro vientos: ¡Todo está bien! ¡Fue lo mejor!
Pero no era suficiente. A pesar de estas evidencias, mi mundo emocional seguía destrozado a zarpazos, y las claridades mentales no me aportaban ningún alivio. Tenía que abordar, al menos a nivel analítico, ese universo cicatrizado a dentelladas, situación dolorosa que alcanzaba calados muy hondos. A estas alturas yo no sabía nada del Abandono.
A pesar de todas las claridades teóricas, la verdad es que cuando me venían a la mente los recuerdos dolorosos, no podía evitar un estallido interior de indignación. ¿Cómo apagar ese fuego? Los hechos ya están consumados y, en ese momento, nadie podía hacer nada para que aquello que sucedió no hubiera sucedido. Por otra parte, ya había renunciado al contraataque, a devolver mal por mal. Había visto teóricamente que la solución estaba en entregarse. Pero, hablando vitalmente, ¿qué habría que hacer para entregarse?
Comencé a intuir que el problema pudiera ser la mente. Estaba dándome cuenta de que, cuando mi mente comenzaba a recordar algunas de aquellas escenas de persecución, mi corazón se encendía de cólera.
Tomé conciencia de que siempre que mi mente daba vueltas y revivía aquellas persecuciones se mantenía vivo y alto el fuego de la irritación, que, a su vez, se convertía en rencor, que, al final, sólo a mí me quemaba.
Al parecer, pues, la solución consistía en reducir mi mente a silencio. Tendría que haber un homenaje de silencio. Simbólicamente hablando, tendría que reclinar la cabeza en Sus Manos con la mente callada y el corazón apagado.
Necesitaba llevar el problema al terreno emocional porque estaba manejando un material emocional de alta sensibilidad. Tendría que aniquilar los brotes de la rebeldía y del orgullo; pero, ¿cómo? Transformar el dolor en amor, pero ¿de qué manera? Al parecer, la solución estaba en entrelazar las manos de la fe y el amor.
Mi Padre, que es un vasto océano de amor, y que ya me lo había dado a probar, ¡y de qué manera!, todo lo que permite en mi vida será para mi bien, porque me ama. De manera que cualquier eventualidad, drama o desenlace que me ocurra no puede ser una desgracia, sino una muestra de cariño; y si hoy no lo veo así es porque estoy metido en una turbulencia, pero un día lo veré. Así, pues, si el Padre permitió aquella crueldad, ¡está bien! Si permitió que la persecución se enroscara a mi cintura, ¡está bien! Si permitió que el infundio enlodara mi nombre, ¡está bien!
¡Oh maravilla! Comencé a darme cuenta de que al decir con toda mi alma: ¡está bien!, en el acto se apagaba la indignación. Más aún, también me percaté de que, en el mismo acto, quedaba borrado de mi mente el recuerdo amargo. Fue un descubrimiento, un eureka.
Con el tiempo comprobé que esta fórmula tan simple («está bien») era exactamente equivalente a la fórmula bíblica de los Pobres de Dios: Hágase.
Tomado del libro “La rosa y el fuego” Capitulo III, apartado “Crisis” de padre Ignacio Larrañaga.








