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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

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La Madre eterna

  • mayo 3, 2018
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(El silencio de María – Extractos del capítulo IV – subtítulos La Madre eterna y Madre de Dios)

La madre lo es todo, a la vez: sagrada y terrena, piedra y estrella, aurora y ocaso, enigma y sangre, campana y silencio, milicia y ternura… ella es como la tierra fértil; siempre dando nacimiento y siempre sepultando muertos, perpetuando incansablemente la vida a través de generaciones inmortales.

Para cumplir este destino, sagrado y telúrico a la vez, la mujer, para ser madre, renuncia y pierde su personalidad, y se sumerge en forma anónima, en la corriente de las generaciones. La madre no tiene identidad personal; es, simplemente, la señora de Pérez, la mamá de Juanito. Es esencialmente, entrega.

Pero así como la hora del alumbramiento se desenvuelve tras la cortina, así todo el heroísmo de la vida de la madre, transcurre en profunda sencillez, exenta de patetismo. Sufre y calla. Llora ocultamente. De noche, vela. De día trabaja. Ella es candelabro, los hijos son la luz. Da la vida como la tierra: silenciosamente. Ahí está la raíz de su grandeza y belleza.

En el caso de María, el misterio se proyecta, como una luz, sobre la madre eterna, aquella que nunca muere y siempre sobrevive. La figura de María Madre asume y resume el dolor, el combate y la esperanza de las infinitas madres que han perpetuado la vida sobre la tierra.

María, según la Biblia, está situada en una intersección, ocupa un lugar central, entre los hombres y Dios. El Hijo de Dios recibe de María la naturaleza humana, y entra en la escena humana por este cauce.

La doctrina invariable de la Iglesia enseña que Jesucristo, en cuanto persona humana, fue engendrado verdaderamente por una madre humana; Jesucristo es, rigurosamente, Hijo de María. A la manera como cualquier madre suministra todo al fruto de sus entrañas, María suministró una naturaleza humana, con la cual se identificó el Verbo, y el fruto fue Jesucristo. María conservaba nítidamente la conciencia de su identidad, y, más que nunca y mejor que nunca, medía la distancia entre la majestad de su Señor y la pequeñez de su sierva, emocionada y agradecida.

En una palabra, ¡por ser Madre!, María es, junto con Cristo, el centro y la convergencia en la historia de la salvación. La Madre se halla entre Dios y los hombres. Aquí se realizó la decisión histórica de la salvación.

Extractos del libro El Silencio de María de p. Ignacio Larrañaga