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Miles de personas en el mundo han recuperado la alegría y el encanto de la vida.

Talleres de Oración y Vida

Padre Ignacio Larrañaga

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Un puente de enlace

  • septiembre 15, 2016
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Bajo el peso de los años y a grandes profundidades por debajo de la conciencia yace un abismo insondable, un mundo desconocido que denominamos inconsciente. Lo consciente es como un fósforo encendido y lo inconsciente como una enorme noche oscura. Lo más importante de nosotros es lo desconocido de nosotros. Por eso hacemos lo que no queremos; porque desde zonas desconocidas nos surgen impulsos desconocidos que nos sorprenden, asaltan y dominan en la consciencia, y hacemos lo que no queremos.

Nos resultan muy familiares los hijos y las hijas del egoísmo: orgullo, vanidad, envidia, rencor, venganza, resentimientos; en fin, agresividad de todo color. Estas son las fieras que despedazan la unidad y la paz, lanzando con frecuencia al esposo contra la esposa y viceversa.

¿Qué hacer para que los hijos del egoísmo no nos lleven inexorablemente al fracaso conyugal? ¿Qué hacer, en una palabra, para dejar fuera de combate al egoísmo?

Una norma general de sentido común, una buena educación social, una orientación psicológica pueden constituirse en preciosas ayudas para mantener en pie el compromiso conyugal. Pero no basta. Necesitamos tender un puente entre dos orillas, entre dos corazones. Buscamos una nueva fuerza que, viniendo de fuera, se instale en los dos corazones, constituyéndose en un elemento unificador que enlace orillas y eventualmente enemistadas.

Y ese alguien tiene un nombre propio: Jesucristo.

Sólo Jesucristo puede instalarse en la intimidad del corazón y causar satisfacción que compense el costo de tener que morir para amar. Sólo aferrados fuertemente a Jesucristo vivo y vibrante con todas las energías adhesivas y unitivas, sólo así se pueden apretar los dientes, tragar saliva, callar, y responder al grito con el silencio y a la explosión con la serenidad.

Sólo Jesús puede invertir las leyes del corazón poniendo perdón donde el instinto gritaba venganza, poniendo suavidad donde el corazón exigía violencia, poniendo dulzura allá donde emanaba amargura, poniendo amor allá donde reinaba el egoísmo.

El secreto fundamental de una feliz y larga convivencia conyugal está en imponer las convicciones de fe sobre las reacciones espontáneas, en la intimidad con Jesús.

Extractado del libro: “El matrimonio feliz” de p. Ignacio Larrañaga