Pentecostés y la Madre
Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: “Mujer, ahí tienes a tu hijo”. Luego dijo al discípulo: “Ahí tienes a tu madre” (Juan 19,26-27)
Querido amigo, este mensaje de Jesús inminentemente antes de entregar su espíritu, no es sólo una recomendación de tipo doméstico, sino algo mucho más grande y significativo: una prelatura espiritual; es decir la custodia espiritual de la Iglesia, representada aquí por el apóstol Juan y la Madre. Desde ese momento María nos es entregada a toda la Iglesia como Madre. Y estas palabras tan señaladas y significativas, se hacen realidad a partir de Pentecostés.
Los siguientes textos, son también muy significativos, y te animo a meditarlos para entender qué es Pentecostés, son también del Evangelio de Juan. En ellos, Jesús, ya está anunciando y preparando a sus discípulos la venida de Pentecostés:
Yo le pediré al Padre que os dé otro Paráclito, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la Verdad. El mundo no puede recibirlo, porque no lo ve ni lo conoce; vosotros en cambio lo conocéis, porque mora con vosotros y está en vosotros. No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros. (Juan 14,16-18)
Ahora me voy al que me envió y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?” Sino que por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré…. (Juan 16,5-7)
Muchas cosas me quedan por deciros, pero no podéis cargar con ellas por ahora. Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad, os guiará hasta la verdad plena. Pues no hablará por cuenta propia, sino que hablará de lo que oye y os comunicará lo que está por venir. Él me glorificará porque recibirá de lo mío y os lo anunciará. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho que recibirá y tomará de lo mío y os lo anunciará. (Juan 16,12-15)
Y ahora, querido amigo, te propongo que hagas un silencio y un verdadero recogimiento, para acoger en tu interior al Espíritu Santo, quien poblará todo tu ser y descubrirás que no estás solo.
En Él está la misma Trinidad Santa: No habla sólo por cuenta propia, sino de lo que oye del Padre y todo lo que tiene el Padre es también del Hijo, como nos ha dicho el texto anterior.
Silénciate en un lugar tranquilo y sereno. Te ayudará el dejar a un lado preocupaciones, inquietudes, pensamientos, recuerdos… y concentrarte en una respiración profunda… serena… que te va a ir llenando de paz… Tómate tu tiempo, hasta que te rodees de la paz y concentración, necesarios.
Reza despacio y con pausas después de cada párrafo:
Espíritu Santo,
Tú que llenas de fuego el corazón de los que buscan a Jesús.
Tú que iluminas la mente de los pobres que escuchan la Palabra, buscando la voluntad del Padre.
Tú que reúnes en tu amor a quienes se esfuerzan por amar, siguiendo el ejemplo de Jesús. Nosotros no sabemos cómo orar ni qué pedir. Pero Tú conoces nuestros deseos y suples nuestra pobreza.
Reafirma en nuestros corazones la certeza del amor del Padre, la seguridad de ser hijos suyos. Confírmanos en tu luz y tu amor, infunde en nosotros tu aliento.
Tú que sin cesar creas y haces germinar un mundo nuevo, renueva nuestras mentes y corazones.
Tú nos invitas a avanzar sin descanso, impulsados por tu aliento, haciendo brotar de tu amor la vida y la belleza.
Nuestras miradas se vuelven hacia el mañana. Lo mismo que la aurora triunfa de la noche con su luz naciente, danos la esperanza que disipa los temores y hace nacer la alegría.
Que rebosen nuestros corazones de la Buena Nueva para que nuestros labios la hagan resonar hasta los confines de la tierra.
(Oración S-30 “Espíritu Santo”)
Y en este instante de quietud, imagínate que estás entre los discípulos seguidores de Jesús, junto a la Madre. Abre tu ser entero a su venida, como el Paráclito que nos prometió; como si vivieras esos instantes de Pentecostés. Y ve sintiendo vivamente, lo que dices en estas frases:
Estás con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.
Estás con nosotros Omnipotencia divina, con nuestra fragilidad.
Estás con nosotros, amor infinito, que nos acompañas en todos nuestros pasos.
Estás con nosotros protección soberana y garantía de éxito en las tentaciones.
Estás con nosotros energía que sostiene nuestra vacilante generosidad.
Estás con nosotros en nuestras luchas y fracasos, en nuestras dificultades y pruebas.
Estás con nosotros en nuestras decepciones y ansiedades para devolvernos el coraje.
Estás con nosotros en las tristezas, para comunicarnos el entusiasmo de tu alegría.
Estás con nosotros en la soledad como compañero que nunca falla.
Estás con nosotros en nuestra misión apostólica para guiarnos y sostenernos.
Estás con nosotros para conducirnos al Padre por el camino de la sabiduría y de la eternidad.
Amén
(Oración S-19 “Estás con nosotros”)
Que el Amor de Dios Padre junto al Hijo, que siguen con nosotros, a través del Espíritu Santo, derramen sus abundantes dones sobre ti, querido amigo.
Canto C-35 “Ofrenda” (Padre yo te adoro)


