Resplandece la alegría
“Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso”
“Señor, me abrirás los labios y mi boca proclamará tu alabanza”
Querido amigo, estos versículos 14 y 17 del Salmo 51(50) no dan pie a pensar lo que este Salmo ha sugerido a lo largo de siglos: temor al juicio de Dios tras la muerte. Al ser un Salmo penitencial (Salmo Miserere), muchos lo asocian con sentimientos de culpa y juicio divino, tan contrarios a la autenticidad del verdadero Dios. Sin embargo, este Salmo de principio a fin combina el maravilloso binomio: confianza-humildad. Te invito a tomarlo e ir viviendo sus versículos, poniéndote en el lugar del salmista (el rey David después de haber cometido un gravísimo pecado) y a que sustituyas la palabra Dios por Padre, que es como Jesús se dirigía a Dios. He aquí unos cuantos versículos como ejemplo:
Misericordia, Padre mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión, borra mi culpa.; lava del todo mi delito, limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa; tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti, sólo pequé, cometí la maldad en tu presencia.
Mira, en la culpa ya nací, pecador me concibió mi madre.
Aparta de mi pecado tu vista, borra en mí toda culpa.
Oh Padre, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu Santo Espíritu
Devuélveme la alegría de tu salvación, afiánzame con espíritu generoso.
Líbrame de la sangre, oh Padre mío, Salvador mío, y cantará mi lengua tu justicia.
Querido amigo, si Jesús quien es el que conoce verdaderamente a Dios le llama Abba, Padre querido, ya sabemos el verdadero nombre de Dios que sin dejar de ser el Altísimo y Omnipotente, es ante todo y sobre todo, mi querido Padre. Su esencia es la de amar, tener misericordia y perdonar a sus hijos que regresan de la vida, maltrechos y enlodados; sumidos en la oscuridad y la desesperanza. Esta fue la buena nueva de Jesús, durante su vida pública.
Entonces, te preguntarás: ¿Puede una persona que por sus actos haya caído en la depravación ser rescatada y purificada? Sí, con toda certeza, si vuelve su mirada al que todo lo puede y es la Misericordia personificada en un corazón de Padre. La cuestión es una sola ¿creo de verdad que Dios es Amor y que su única manera de ser son las mil y una caras del amor: misericordia, perdón, cuidado, don sin límites…?
En mayor o menor medida, todos somos “hijos pródigos” que regresamos y caminamos, durante toda nuestra vida terrena, hacia la Casa del Padre. Pero por pura gratuidad, sin mérito de nuestra parte, Dios nos acoge y perdona. Acoge igualmente al hijo pródigo que ha despilfarrado toda la herencia, que al hijo que está con él, trabajando cada día fielmente. O bien, paga lo mismo al que ha trabajado ocho horas que al que sólo trabajó una hora. El amor de Dios hacia nosotros, no es por lo que somos o hacemos, sino por lo que Él es. Esto es difícil entender en nuestra mentalidad mundana.
Querido amigo, para entender este destino tan profundo que Dios desea para nosotros hay que abajarse a ser sencillos como niños que todo lo esperan de un padre bueno. Cuanto antes acojas esta gratuidad del Padre Dios y respondas a ella conmovido y convencido, antes te librarás de un destino sin salida, que solo lleva a la desesperanza y al “comamos y bebamos porque mañana hemos de morir” que, tan palpable está en el mundo que nos rodea.
Reza lentamente la siguiente oración, haciendo pausas después de cada párrafo:
¿Cómo te llamaré oh Tú que no tienes nombre?
Aquel que salió de los abismos de tu soledad, tu Enviado Jesús, nos dijo que eras y te llamabas Padre. ¡Fue una gran noticia!
En la quieta tarde de la eternidad, mientras eras vida y fuego en expansión, yo vivía en tu mente; me acariciabas como un sueño de oro y mi nombre lo llevabas escrito en la palma de tu mano derecha. Yo no lo merecía, pero Tú ya me amabas sin un por qué, me amabas como se ama a un hijo único.
Desde la noche de mi soledad, levanto mis brazos para decirte: oh Amor, Padre Santo, mar inagotable de ternura, cúbreme con tu presencia que tengo frío; y a veces, todo me da miedo.
Dicen que donde hay amor, no hay temor; ¿por qué entonces estos negros corceles me arrastran hacia mundos ignorados de ansiedades, miedos y aprensiones?
Padre querido, ten piedad y dame el don de la paz, la paz de un atardecer.
Yo sé que Tú eres la Presencia Amante, el amor Envolvente, bosque infinito de brazos.
Eres perdón y comprensión, seguridad y certeza, júbilo y libertad.
Salgo a la calle y Tú me acompañas; me enfrasco en el trabajo y quedas a mi lado; en la agonía y más allá, me dices: aquí estoy, contigo voy.
Aunque intentara evadir tu cerco de amor, aunque escalara montañas o estrellas, aunque volara con alas de luz, es inútil… En un acoso ineludible, me circundas, inundas y transfiguras.
Me dicen que tus pies caminaron por los mundos y los siglos, detrás de mi sombra huidiza, y que cuando me encontraste el cielo se deshizo en canciones.
Con tanta buena noticia me has tornado en un hijo prodigiosamente libre. Gracias.
Padre querido,
Tú eres mi Hogar y mi Patria. En ese hogar quiero descansar al término del combate. Tú velarás definitivamente mi sueño, oh Padre, eternamente amante y amado.
Amén
Oración E-2 “Padre”
El canto final narra la historia del hijo pródigo que vuelve a casa. Te animo a seguir este precioso texto.
El Milagro S-5
Aún no puedo adivinar lo que me ha sucedido, el milagro más glorioso que yo he vivido: que después de malgastar lo que no era mío, no he tenido que pagar.
Traicioné a Aquel que me dio la vida, humillé al que curó toda mi herida y en mi huida coseché lo que merecía; y desvanecido en mi dolor, en algún momento Él me encontró.
Y he despertado en el redil, no sé cómo, entre algodones y cuidados del pastor; y antes de poder hablar de mi pasado, me atraviesan sus palabras y su voz: Que se alegra tanto de que haya vuelto a casa, que no piense, que descanse, que no pasa nada. Y dormido en su regazo, lo he sabido: ¡Tengo vida, tengo dueño, soy querido!
He aprendido la lección del Amor Divino, que me transformó cruzándose en mi camino y que dio a mi vida entera otro sentido, otra meta, otro fin.
Yo no sé lo que traerá para mí el mañana, pero sé que nunca se apagará su llama. Salga el sol por donde quiera, Él me ama, sé lo que es la Gracia y su Perdón, su Misericordia es mi canción.
Y he despertado en el redil, no sé cómo, entre algodones y cuidados del pastor; y antes de poder hablar de mi pasado, me atraviesan sus palabras y su voz: Que se alegra tanto de que haya vuelto a casa, que no piense, que descanse, que no pasa nada. Y dormido en su regazo, lo he sabido: ¡Tengo vida, tengo dueño, soy querido!
Shalom, Shalom.


