Salieron del Cenáculo. Jerusalén estaba inundada por la luz de la luna, y en la noche subyugadora flotaba un intenso aroma de azahares. Tomó, pues, consigo a los tres testigos de la transfiguración —Santiago, Pedro y Juan— para que fueran también testigos de otra transfiguración bien diferente.
Acompañado por ellos, se internó, pues, en el Olivar; y en este corto trayecto estalló la crisis con toda su fiereza: era una catarata desbordada de pavor, tristeza y espanto, era la agonía: «comenzó a turbarse y a angustiarse».
«Mi alma está triste hasta el punto de morir; quedaos ahí y velad». Que era como decir: me muero de tristeza.
En realidad, el Pobre estaba en ese momento acosado por el empuje de dos olas: la necesidad de estar solo y el terror de estar a solas. Y sabiendo que los alivios humanos no son más que pétalos de flor que apenas rozan la piel y que los misterios supremos del hombre se consuman en la soledad de uno mismo, el Pobre se alejó de ellos a la distancia de un tiro de piedra; absolutamente golpeado por la crisis y momentáneamente derrotado, temblando y con las rodillas vacilantes, caminó unos metros, hasta que, agotado y no pudiendo ya mantenerse en pie, «cayó sobre su rostro, orando…» Y entró en agonía, en un combate cara a cara con la muerte”
Para que hubiera redención, Jesús tenía que infundir su voluntariedad a aquellos acontecimientos históricos, tenía que morir voluntariamente. Morir voluntariamente no quiere decir que Jesús saliera al encuentro de la muerte desafiando a sus perseguidores, sino que, leyendo los acontecimientos históricos, tal como se estaban desarrollando en torno a él, Jesús acabó descubriendo en ellos el designio del Padre. El Padre podría haber irrumpido en los acontecimientos históricos, interrumpiendo la marcha de la historia. Si no lo hizo fue porque su voluntad permitió que la dinámica de la historia siguiera su marcha fatal y, como consecuencia, su Hijo muriera crucificado. Jesús vio y aceptó la voluntad del Padre a través de los acontecimientos, y se rindió no ante la fatalidad de los hechos, sino ante la voluntad del Padre que los había permitido. Murió, pues, voluntariamente; y el momento culminante de esa aceptación de la voluntad del Padre tuvo lugar en la noche de Getsemaní.
En Getsemaní, el Pobre distinguió con aterradora claridad lo que yo quiero y lo que quieres tú, entablándose entre ambas voluntades un recio conflicto que se exteriorizó en el sudor de sangre. Mientras los tres confidentes, asustados sin duda y absolutamente consternados, observaban a corta distancia a su abatido Maestro, sin saber qué decir o qué hacer, el Pobre, entre tanto, con «gritos y lágrimas» (Heb 5,7) y «caído en la tierra» (Mt 26,39), oraba:
Padre mío, para ti todo es posible: aleja de mi vista la sombra de la muerte. Para ti todo es posible: del seno del invierno haces brotar cada año el verdor de la primavera. Entierra la guadaña de la muerte muchos metros bajo tierra. ¡Lejos de mí el cáliz de la amargura! No obstante, no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras Tú. Y dame alas para que pueda volar en pos de tu voluntad.
Ya que no sentía el consuelo del Padre en la aridez más desoladora, intentó buscar un vaso de alivio en sus tres confidentes. Se levantó: apenas podía sostenerse en pie. Con dificultad y tambaleando avanzó hasta el lugar donde se encontraban los tres discípulos. Hubiera deseado, y eso es lo que buscaba, encontrarse con la presencia consoladora de tres amigos en oración; pero estaban adormilados. Gran decepción. «Simón, ¿duermes? ¿Ni una hora has podido velar?» Permaneced despiertos y orad; de otra manera vais a ser anegados por la tristeza.
Los dejó. Estaba escrito que aquella noche el Pobre no encontraría consolación ni en el cielo ni en la tierra. Regresó a su soledad, y «entrando en agonía, más intensamente oraba» (Lc 22,44), «repitiendo las mismas palabras» (Mc 14,39).
Por decirlo de una manera gráfica, el Pobre se transformó esa noche en el gran Miserable, no tan sólo en el sentido en que cargó con todas las miserias humanas (Is 53), sino en el sentido de que experimentó la miseria de sentirse hombre, hasta apurar los sedimentos más amargos del cáliz humano. Llegó hasta el límite de lo que es capaz de llegar la existencia humana, la miseria y la desgracia de ser hombre: la soledad, el miedo, el tedio, el absurdo, el terror, la angustia. ¿Quién sería capaz de analizar y medir la profundidad de la aflicción de Jesús cuando exclamó: «Siento una tristeza de muerte»?
El Pobre fue fiel al hombre: llegado el momento de la gran tribulación, ni siquiera pasó por su cabeza la idea de echar mano al bolsillo de la divinidad para sacar de él una carta mágica que lo liberara del trago amargo de la muerte, y de esa muerte. En el misterio de la Encarnación, Getsemaní es el peldaño final.
Extractado de libro” El pobre de Nazaret “Capitulo 8 apartado “La gran crisis y la alta fidelidad”de padre Ignacio Larrañaga.








