El Pobre había sido tentado por las corrientes y por las ideas de la época. Pero en un proceso de oración y discernimiento en la soledad del desierto había descubierto que su sendero era diferente. Una por una había sorteado las trampas del tentador. El Espíritu de «su Padre» había impregnado y confirmado el esquema de sus ideas, sus programas y proyectos. El ayuno y la oración lo habían fortificado. Estaba preparado.
Mañana mismo —pensó— descenderé al valle para emprender la ruta señalada por mi Padre. Pero el tentador, que no lo había perdido de vista, viendo su firmeza y determinación, se dispuso a someterlo a una última tentación; y en su última noche en el desierto tuvo su último sueño.
El Pobre caminaba solitariamente por una verde planicie, entre anémonas y margaritas. En lontananza podía verse un monte solitario y altísimo, por el que el Pobre sintió, de pronto, una repentina y vivísima seducción, y decidió escalarlo.
Durante la ascensión, el extraño personaje se hizo de nuevo presente a su lado. El Pobre, venciendo su repugnancia, humildemente se dejó acompañar. Mientras ascendía, el Otro fue urdiendo la trampa con palabras misteriosas.
Llegaron a la cumbre. Dos buitres montaban guardia en lo alto de un peñasco. El Pobre respiró profundamente. Girando en redondo, pudo contemplar un panorama sencillamente deslumbrador. Su corazón se agitaba de emoción y felicidad, ligeramente perturbada por una cierta inquietud. El Otro, extendiendo su brazo, comenzó a tentarle: Todo será para ti.
—Sólo quien muere en las raíces, bajo la nieve, verá el estallido de la primavera — replicó humildemente el Pobre.
Estás perdiendo tu última oportunidad. ¿No eres el Mesías? ¿Acaso no te corresponde capitanear todas las caravanas, quebrar todos los cetros, hollar con tus pies todos los reinos con sus riquezas, escuadrones, monumentos y templos? Todo es mío; yo soy el dios que lo dispone y lo administra todo, y todo te lo ofrezco en bandeja de plata para que se cumpla cabalmente tu destino mesiánico. Serás obedecido por sacerdotes y reyes. Todas las razas te servirán; y entonces estarás en condiciones de implantar de un extremo al otro de la tierra el reinado mesiánico de tu Dios Javhé.
—No pisando fuerte, sino amando silenciosamente —acabó el Pobre—; no con cascos militares, sino con harapos de mendigos; no al son de trompetas, sino con aires de misericordia; no en compañía de espléndidas muchachas, sino rodeado de leprosos y enfermos, ha de hacerse presente entre nosotros el Mesías de Dios. Su reino no vendrá por las calzadas victoriosas, sino por la senda de las obras de misericordia. Hemos llegado a la frontera final. ¡Retírate de mí, Satanás; no tentarás al Señor, ¡tu Dios!
Despertó. Lanzó un grito salvaje, triunfal, de alegría, un aleluya que hizo estremecer los cerros pelados. Se levantó, e inmediatamente emprendió el camino de regreso. Era un vendaval avanzando por encima de los montes y los valles.
Tomado del libro “El pobre de Nazaret” capitulo 3: “Bajo el sol de satán” de padre Ignacio Larrañaga.








